Desde pequeño me ha gustado escribir, sé que no soy nada
bueno, y que tengo un sinfín de faltas de ortografía, pero a pesar de los
errores que tengo no me quita mi gusto por escribir.
En la primaria recuerdo que empecé a escribir una especie de
novela donde los protagonistas eran mis mejores amigos, David y Rodolfo. Al
principio se los compartí a ellos en la hora de receso, mas cada día tenía yo
un nuevo oyente, y pues me pedían que los involucrara en las aventuras
imaginarias de mi historia. Pasados más de dos semanas ya no eran unos cuantos
y me di cuenta de que todo mi salón estaba al pendiente de mis historias.
Con esto quiero empezar a compartirles que yo en la primaria
era el típico niño latoso entre sus amigos, me gustaba andar colgado de sus
cuellos, jugar con las niñas encantados, y me gustaba quitarles su desayuno a
mis amigos. Mi mamá siempre me daba dinero para comprarme algo en recreo, mas
yo por maloso me gustaba hacer berrear a Rodolfo y siempre terminaba
correteándome porque le quitaba su pambazo de frijoles y mayonesa que su mami
le preparaba.
Fue divertido, hasta que un día le dije si esta vez me lo
haría fácil o empezábamos a correr para ver quien se comía el pambazo. Rodolfo
abrió su mochila, saco el pambazo y me lo dio, me sorprendió que fuera tan
fácil, se había acabado la diversión, que paso le dije. El volvió abrir su
mochila y me dijo;
Le dije a mi mama lo que sucedía y ella me dijo que a partir
de hoy, ara uno para ti y uno para mí.
Acto seguido saco su pambazo, me dejo con la boca abierta y
juntos nos sentamos, a partir desde ese día a comer nuestro pambazo.
Raphael Roa
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